No podemos aspirar a comunidades sanas en paisajes enfermos, ¿verdad?
Mi diálogo en el podcast con el científico argentino Luis Gabriel Wall sobre microbiota del suelo aportó evidencia y lenguaje a un camino que ya venía transitando con Una Sola Salud. Por eso concibo los jardines salutogénicos como infraestructuras de cuidado: integran suelo, plantas, fauna y personas, regulan el microclima, depuran el aire y sostienen experiencias restauradoras.
Durante años miramos los jardines como “decoración”. Hoy los tratamos como organismos de los que formamos parte. Cada respiración en el jardín continúa la fotosíntesis que nos rodea: el oxígeno que inhalamos fue liberado por hojas cercanas y nuestro CO₂ alimenta su proceso vital. Esa comprensión cambia la manera de diseñar, mantener y habitar.
Bajo nuestros pies ocurre una conversación silenciosa. La materia orgánica se descompone, las raíces exudan, los microorganismos tejen alianzas y esa orquesta diminuta envía mensajes que también nos alcanzan. Cuando ese suelo está vivo, nuestra propia microbiota lo percibe; el cuerpo se relaja, la mente se ordena y el ánimo encuentra un piso más estable. Por eso el sustrato no es backstage, es parte de la terapia. Allí donde entran los agroquímicos, se apagan micorrizas y se corta el hilo del diálogo; el círculo virtuoso suelo‑planta‑persona se resquebraja…
Y el jardín pierde su voz.
Durante mucho tiempo celebramos “dañar menos”, como si el mundo alcanzara con una resta. Hoy la meta es otra, devolver más vida de la que tomamos. Eso se cuenta en gestos concretos dejar que el agua vuelva a infiltrarse, cosechar la lluvia como si fuera un tesoro, dejar trabajar a los biofiltros, ofrecerle materia al compost, cubrir la tierra con mulches que la protegen y convocar biodiversidad con nativas y policultivos que se complementan. Un jardín así no solo mejora la calidad ambiental; también ofrece texturas, aromas y sonidos que desinflan el estrés y devuelven atención y presencia.
Un paisaje diverso es un médico de guardia que no duerme. Captura carbono mientras caminamos, poliniza aunque no lo veamos, mantiene a raya plagas sin escándalos químicos y baja un par de grados la ciudad cuando el calor aprieta. Traducido al cotidiano, menos isla de calor, más sombra que invita a quedarse, aire y agua más limpios, barrios que se sienten seguros porque la vida alrededor está en equilibrio. En ese marco, el jardín deja de ser un lujo: se convierte en un centro de salud a cielo abierto, accesible todos los días.
Diseñar con Una Sola Salud es también aprender a afinar. Potenciar la visita de polinizadores sin castigar a quienes sufren alergias. En espacios oncológicos, priorizar el aliento de aire limpio por encima de cualquier perfume. Ubicar con criterio las especies que podrían ser problemáticas y decirlo con señalética clara.
Y sostener un principio simple: ninguna solución vale si mejora el hoy a costa del territorio o de quienes vendrán mañana. Porque el jardín que cuidamos ahora, en verdad, es el jardín que heredarán otros.
Y si quieres conocer algunos lineamientos para aplicar (aunque seguramente los conoces), puedes considerar
- Gestión orgánica estricta: compost, mulching, biopreparados y cero pesticidas de síntesis.
- Agua en el centro: suelos permeables, zanjas de infiltración, cosecha de lluvia y biofiltros.
- Biodiversidad funcional: estratos, floraciones escalonadas, refugios para polinizadores todo el año.
- Salud humana explícita: accesibilidad universal, rutas sombreadas, bancos térmicamente confortables y estímulos sensoriales dosificados.
- Medición integral: indicadores de espacio físico (fenosistema), experiencia sentida y vínculos (criptosistema) y salud ecosistémica (suelo, biodiversidad, ciclos).
Cada encuentro en el jardín envía señales que el cuerpo sabe leer y genera pequeñas modulaciones epigenéticas que favorecen resiliencia, pertenencia y autocuidado. Es una revolución silenciosa, respiración a respiración, que nos devuelve la experiencia de estar vivos, conectados y en casa en el mundo natural.
Muy pronto compartiré cómo una microbiota del suelo saludable y diversa conversa con nuestra microbiota intestinal cuando hacemos jardinería y horticultura con las manos en la tierra (siempre sin heridas y con criterio), y por qué ese gesto sencillo puede traducirse en mejor salud.
Antes de cerrar, una confesión: el tema de la microbiota está reservado en mi calendario editorial para junio del próximo año. Si te gustaría que lo adelante, decímelo en los comentarios y lo reprogramo.
Finalmente, y como muchas veces digo, estos artículos son la punta del iceberg que encuentran una revelación mayor en mis correos semanales y que casi saco del agua en los correos de suscripción.