Como te habrás enterado, hace unas semanas participé como ponente en “EL” congreso de arquitectura hospitalaria flexible y resiliente en la ciudad de Armenia (Colombia) para hablar de las áreas verdes en los hospitales, y les dije algo así: ¿Sabían que existe una “vitamina” que no viene en pastillas?, que no tiene contraindicaciones, efectos secundarios y es prácticamente imposible sufrir de sobredosis con ella.
Ante la mirada atenta les continué diciendo: la llaman Vitamina G (de green, verde), y es quizá uno de los descubrimientos más hermosos sobre salud y naturaleza.
Este concepto, acuñado por investigadores holandeses, se refiere al poder sanador de los espacios verdes. Y ¡ojo! Que no es poesía, es pura ciencia. Los espacios verdes reducen la presión arterial, disminuyen la depresión y ansiedad, mejoran la memoria y, literalmente, cambian la estructura de nuestro cerebro.
Entre los hallazgos más interesantes está la bacteria Mycobacterium vaccae, que vive en el suelo y de la cuál te conté en otro artículo. Cuando tocamos la tierra, la inhalamos, y ella aumenta los niveles de serotonina, la hormona de la felicidad. No es coincidencia que nuestros abuelos fueran felices cultivando jardines. Estaban curándose a sí mismos.
Estudiando casos en centros gerontológicos como la Fundación Santa Ana en Cuenca, (con quienes tomé contacto cuando estuve a finales de septiembre en el evento RECETAS, vi algo extraordinario: adultos mayores con acceso a jardines terapéuticos bien diseñados no solo mostraban menos síntomas de depresión, sino que recuperaban un sentido de propósito.
En el caso del Centro Gerontológico Los Jardines, que conocí a través de una tesis, el rediseño sensorial de sus áreas verdes incorporando texturas, aromas, fuentes de agua y caminos accesibles, transformó la experiencia de sus residentes. De espacios descuidados pasaron a ser lugares de contemplación, terapia y conexión.
Y si te gusta la lectura, te recomiendo el libro “Your Wellbeing Garden” del RHS que proporciona la ciencia detrás del diseño. Un jardín terapéutico no es solo bonito; debe ser:
- Accesible: Caminos sin obstáculos para personas con movilidad reducida
- Sensorial: Plantas aromáticas, texturas, colores vibrantes, sonidos del agua
- Social: Espacios para la interacción y la contemplación
- Seguro: Plantas no tóxicas, bordes bien definidos, iluminación clara
Y para no dejarte solamente con esos conceptos, te comparto 3 de los 10 tips o consejos (que compartí hoy en mi correo) para la práctica de la terapia hortícola en esta línea “vitaminosa” 😉
- Crear caminos circulares y accesibles: Los senderos deben formar bucles continuos, ser anchos y seguros para usuarios en silla de ruedas. Los caminos circulares son clave para jardines dedicados a personas con demencia.
- Utilizar profusión vegetal y diversidad sensorial: Seleccionar plantas con variedad de aromas, colores, texturas y sonidos. Fomentar la presencia de fauna local.
- Incluir plantas terapéuticas específicas: Elegir especies por sus propiedades calmantes, aromáticas y nutricionales.
¿Por qué importa ahora?
Con el envejecimiento de la población y la crisis de salud mental que enfrentamos, la Vitamina G no es un lujo. Es esencial.
Un estudio con más de un millón de daneses mostró que la exposición a espacios verdes en la infancia reduce el riesgo de trastornos psiquiátricos en la adultez. Otro estudio al que accedí la semana pasada de jardines de infante en Finlandia en la que habían incorporado la naturaleza a los patios de juego con un suelo rico en microbiota, la propia microbiología de los niños había cambiado con el tiempo volviéndose más rica y diversa dando como consecuencia una mejor salud general.
Los jardines salutogénicos, diseñados para promover salud, (no solo tratar enfermedad) son la medicina que el mundo necesita ahora. Y lo mejor: está a nuestro alcance, crece en la tierra y es completamente accesible.
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