Jardines para el duelo por pérdida infantil

Hay pérdidas que no se pueden explicar con palabras.

He estado cerca de este dolor cuando perdimos a mi sobrino de un año. No existe manual que te prepare para ese vacío, para esa sensación de que algo fundamental en el orden natural del mundo se ha roto. Y aunque nunca he trabajado directamente con otras familias en esta situación específica, he dedicado tiempo a investigar cómo el diseño paisajístico puede ofrecer algo que las palabras no pueden: un espacio donde el dolor encuentre lugar sin ser forzado, donde la sanación ocurra sin prisa.

Los jardines especializados en duelo infantil representan una aplicación del neuro y el corpopaisajismo que va más allá de lo estético. No se trata de crear lindos espacios, sino de diseñar infraestructura emocional.

Te he contado en varias ocasiones que fui voluntario durante muchos años en un hospital materno infantil de mi ciudad, donde acompañábamos a las familias mientras jugábamos cada domingo con los pequeños pacientes. En aquella época, el dolor por la pérdida de una vida a causa del cáncer no tenía para nosotros la misma dimensión, porque ninguno era aún padre.

Los hospitales pediátricos son lugares donde se libran batallas silenciosas. Cuando esas batallas no tienen el final que anhelamos, las familias necesitan espacios dignos para procesar ese dolor.

El diseño consciente basado en evidencia nos permite crear un jardín de duelo que ofrece contrastes deliberados con la experiencia hospitalaria: formas orgánicas versus líneas rectas, privacidad versus espacios sin intimidad, evocación de vida y ciclos naturales versus ansiedad y muerte.

Los elementos de agua en movimiento proporcionan sonidos que calman. Los senderos accesibles permiten caminar la tristeza. Las plantas aromáticas evocan recuerdos sin palabras. Los espacios para estar solo o acompañado respetan que el duelo no es lineal ni predecible.

Y hay algo fundamental que aprendí de esa investigación: estos jardines no curan. Facilitan. “Healing” no es lo mismo que “cure”. Los jardines sanadores reducen el estrés, ayudan a que afloren los recursos curativos propios de cada persona, y permiten procesar la experiencia en mejores condiciones.

Pero…

Hay una pregunta que genera debate entre quienes diseñamos estos espacios: ¿incluir placas, nombres, fotografías del niño fallecido? Algunos defienden que las familias necesitan dejar huella permanente. Otros argumentan que los recordatorios constantes de la muerte pueden anclar el dolor en lugar de transformarlo.

Mi postura se inclina hacia impregnar el jardín con sentido de vida, cambio y esperanza. Honrar la memoria sin anclar el espacio únicamente en la ausencia. Usar simbolismo que celebre la vida que existió, como el colibrí, que para muchas culturas representa tiempo, amor, alegría y belleza.

Al final, estos jardines nos confrontan con una verdad incómoda: la arquitectura y el paisajismo no son neutrales. O ignoramos el dolor más profundo del ser humano, o creamos espacios que lo acojan.

No puedo decir que tengo todas las respuestas. Pero sí puedo decir que después de investigar este tema, de acercarme a él desde mi experiencia personal y profesional, creo que necesitamos más conversaciones sobre esto. Más hospitales que entiendan que un jardín bien diseñado es infraestructura de salud mental. Más familias que sepan que tienen derecho a espacios dignos para su duelo.

Porque cuando un niño se va, lo mínimo que podemos hacer es asegurarnos de que su familia tenga un lugar donde el dolor pueda respirar, donde la naturaleza recuerde que la vida continúa, incluso cuando parece imposible.

Antes de cerrar este artículo quisiera saber si has trabajado en proyectos relacionados con espacios de duelo. Me interesa conocer más experiencias en este campo tan necesario y poco visible.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio