El “bicho raro” sobre el escenario
l pasado sábado 22 de noviembre cerré con broche de oro mis ponencias sobre un escenario en el 2025.
Cumpliendo con el sueño de dar una presentación en el marco de las TEDx , hablé sobre el neuropaisajismo y el corpopaisajismo bajo el título “El cerebro verde. Cuando los jardines hablan nuestro idioma neuronal“
En el artículo de hoy quiero compartirte la primera parte del guion que escribí para la TEDxMaipú para el cual me preparé por mucho tiempo, junto con otros oradores de mi provincia, y con el acompañamiento del profesor de teatro Gustavo Alvarez Rivero quien me ayudó con la puesta en escena y con los consejos en oratoria por el periodista y conductor Luis Serrano.
Tambien quiero reiterar mi agradecimiento a cada una de las personas que estuvieron en la organización y a los licenciatarios que lo hicieron posible.
Ahora sí, sin más rodeos, vamos con esas primeras líneas escritas, el texto completo lo puedes leer si recibes mi correo semanal, y apenas esté el video disponible te aviso por si deseas ver cómo salió todo.
El cerebro verde: cuando los jardines hablan nuestro idioma neuronal
Apertura: El bicho raro
Imagínate por un momento que estás en el patio de una escuela primaria durante el recreo, la escuela a la que fuiste o fueron tus hijos.
Cuánta energía liberada por esos niños que corren detrás de una pelota, que juegan a la mancha.
Que juegan a la rayuela.
De pronto, mirando toda esa actividad, descubrís que debajo de un árbol hay un pequeño niño solitario, sentado en el suelo, con sus piernas cruzadas, los ojos cerrados y aparentemente clasificando hojas de plantas según su textura en lisas, rugosas, aterciopeladas…
En ese cuadro de película, te detienes a ver qué ocurre, porque justo en ese momento una maestra cruza el patio en dirección a ese niño, y escuchas lo que le pregunta, ¿por qué en lugar de hacer eso, mejor vas a jugar con tus compañeros?
El niño levanta su cabeza, la mira con algo de sorpresa e incredulidad y le responde: “Porque cuando las acaricio, me siento mejor.”
Ella lo mira con esa mezcla de ternura, y preocupación, que los adultos reservan sólo para los niños raros.
Ese niño raro que te acabas de imaginar, ése, era yo.
El que prefería el jardín de su abuela, al fútbol. El que se quedaba quieto debajo del limonero solo para respirar el aroma de sus flores y para ver a las abejas hacer su trabajo. El que se sentaba tardes enteras para observar a las hormigas podadoras llevando encima de ellas sus trocitos de hoja, y el que seguía con pequeños saltos a una langosta en el jardín a la que su madre le había colocado un cordón a modo de correa.
El que no entendía por qué los demás no sentían lo mismo.
No tenía palabras para explicarlo entonces. Hoy sí, podemos hablar con fundamentos científicos sobre los beneficios del contacto con la naturaleza, pero en ese momento solo sabía una cosa: los jardines me hablaban en un idioma que nadie más parecía escuchar.
Hoy quiero contarte por qué ese niño raro, y por qué vos, aunque no clasifiques hojas con los ojos cerrados, también hablas ese idioma sin saberlo. Porque incluso en medio del caos diario, si te imaginas caminando por un jardín con una brisa suave acariciando tu rostro, escuchando el agua, viendo el juego de luces y sombras proyectado en el suelo por las hojas de los árboles, y te conectas con ello, te sentirás mejor porque algo cambió en tu cuerpo. De repente… respiras.
Pero ¿Qué acaba de pasar? ¿Es casualidad? ¿Es solo un momento lindo?
No. Y en parte lo explican las neurociencias. Es el idioma que ese niño pequeño aprendió a escuchar.
Lo que acabas de leer es la primera de 7 páginas que luego se ajustó a los 18 minutos disponibles incluyendo una experiencia sensorial que involucró el olfato, sonidos de la naturaleza y la imaginación que se apalancó en los recuerdos de gratas experiencias vividas.